viernes, 15 de junio de 2007

RUEDA DE FUEGO

Dorada piel

Te he visto de mañana, junto a tus temores y certezas,
rebosante morena,
he visto tu piel dorada nacer como sol tardío,
la faz sinuosa y húmeda de tu rostro,
con el brillo de su desnudez,
con la humedad del roquerio.

Caprichosa niña, girasol atado en la penumbra,
silenciosa como laguna encendida,
brisa fresca que resuena cercana, habitando en mi memoria,
senda similar a mi senda,
semilla y fruto.
Has llegado al mundo, hermosa, inigualable,
ahora que el mundo se haga en ti hermoso, inigualable.
Eres faro, valle, torrente que no vuelve, agua detenida.
Eres astucia, caricia exquisita, sonrisa que funde los extremos del mundo.
Imperio de furia, frágil y mítica como pájaro de la noche.



Juntos

Ríe, ríe junto a mí,
acorta la distancia,
que hoy día quiero ser luna dorada.
Abárcame, entíbiame con tus giros de bohemia.
Corre, corramos para hacer rodar la tierra
ríe, riamos con más fuerza
para que la gran luna se encienda.
Abre tus ojos y así,
las alturas sin el sol habitarán tus soledades.
Mírame, mirémonos,
para hacer de nuestras soledades,
un lazo entre las mareas y la luna.



Como viento que borra estelas

Niña, bájame una nube blanca,
pronto, has crecer tu cuerpo hecho de viento.
Borra de mi cielo los nubarrones,
estrecha en tu pecho, la espuma del cielo.
Has de mi, una mariposa en tu sol,
una hierba en tu pradera.
Llévame a tus ojos, para intentar ver lo que ves.
A tu corazón, para ser sangre en tus angustias.
A tus valles, para llegar cual agua de montaña
a tus profundidades.

Vuelve la vista, que soy yo quién te quiere amar.
Quién quiere amarte, pero no poseerte,
quién quiere ser tu suelo para que rías y llores sobre él.
Para ser simplemente, un matorral hecho de sol y de lluvia.
Para ser de mis ojos, destino de tus ojos.



Cerezas

Porque no hacer de la vida
algo distinto cada día.
Hacer frente a un prado de cerezas rojas,
palpitantes de la tintura esencial
que mancha a los enamorados.
Y surcarlo, penetrando su intrincada geología,
pero suavemente,
ora, de hebras blancas de paloma sumisa,
que vuela desde el primer día en tu corazón,
agolpado por pasiones infinitas.
Ora, como un titán, que llora a los pies
de una niña sonriente.



Una Pasión

El cielo afloraba encendido
mi corazón estaba encendido
el fogonero junto al fogón
eran una llama,
vivir junto al fuego
era sinónimo de incendio.

Mi espíritu se encendía
la vida era un incendio eterno.

Hechizados todos
tocados por cálidos alientos.
Todos perdidos en el enorme mundo
y todo el infinito en movimiento
prendido como dos aretes
que rozan mi piel.

¡Que oleaje hermoso es el de la vida!,
suavidades y monstruosidades
son acarreadas al unísono.

Pongámosle a la marea de la vida
el nombre de Macondo.

¡Eso, eso es, el nombre del lugar donde todo es posible!



Lo que orienta mi navío

Aquí es donde reposa mi corazón,
el lugar donde el sol de febrero anida.
La fuente donde los amoríos se derraman para siempre.
Donde las alegrías son mucho más que las angustias.

Por eso estoy aquí, ¡Sí! por eso, porque las ranas y las estrellas cantan y su canto no cesara jamás.
Estoy para guiar al sol, para reírlo y para llorarlo
y si algún día se apagara su llama
que las cenizas sean mis dulzuras, mis caprichos.

Estoy para ser nube, suave, ingrávida, vulnerable.
Para ser hierba, acariciada, azotada y florida.
Para sentir con regocijo que estoy vivo, tibio, tembloroso.
Para con todas las edades, amar abierto y sin temor.
Y gritar aunque apague el silencio y callar aunque un torrente infinito brame de locura.

¡Sí! porque hoy día mi pecho es la montaña paciente que suspira y lo hace como testigo en retiro.
Como una criatura abandonada pero alegre.
Alegre como un látigo dorado, alocado, frenético,
caprichoso como fuego.

Estoy para arrancarme el corazón y ofrendárselos sin temor a nada y para amar porque de amor está hecho el mundo.

Para aprehender de estas verdes lejanías la humildad.
Para gozar de tanta gracia como un loco.
Para amar por entero sin decirlo. Para no perecer. Para que la noche no muera.

¡Sí! todo es tan simple, vasta suspenderse, desprenderse sin cesar. Para partir cual estrella fugaz a las regiones donde la nostalgia es la compañera.

Por eso me marcho, como testimonio de esta bella comunión. Levantando mi mundo y el de vosotros.
Vosotros los magos de mi corazón, los que hacen de mí
una criatura, soñadora, amadora.

¡Oh! Que dicha más dulce ¡si! dulce, que alegría ¡Dios!
Y para verlos caminar por el bosque como gacelas
y para que conozcan mi caminar hecho de poesía.
Poesía clara como la dama del bosque.

Ya no me apartaré de ustedes, ojalá caminara
junto a ustedes hasta el final.
Desde un corazón que intenta hacer del dolor una alegría que perdure.



Estoy triste

Hoy estoy triste
triste, de una criatura de cabellera oscura y frondosa.
Frondosa de silencios y fascinaciones como la noche lunar.
Triste de sus ojos
que son como alas de un pájaro inocente.
Triste de su onduloso y divino andar.
Triste de ver su espíritu
en cada uno de sus aleteos tibios, en cada uno de sus besos
que son como brisa al mediodía.
De estar junto a ti, delicadamente posado en tus suspiros,
de estar junto a ti, alucinado, dulcemente triste.

Los dos contemplando el mismo secreto,
y tu aliento rozando mi mejilla
y miro tus ojos y sonrío.

Como criatura me dejo mecer
en tu sensualidad hecha de inocencia.
Los dos contemplando el mismo secreto.
Yo girando en las luces y sombras de tu rostro salvaje
y tu mirar perdido en el secreto
buscando tal vez una criatura donde posar tus labios.

Hoy estoy triste y tu también lo estás.
Ambos hermosos, amándonos sin quererlo.


Tu cuerpo, espiral de ensueños

Apagando soles
caes sobre mis labios
mi terciopelo de noches.

Mi callada aurora,
la de cálido vientre.

Suave, delicada,
temporal de caricias.
Mi tentadora desvalida hierva,
mi alocada criatura.
Suspiradora adorada marea,
exquisita dulzura.
Mi dorada esperanza.



Noche

Noche clara,
clara de luciérnagas
vibrando en la noche,
noche de brillantes lágrimas,
noche de manos tibias
alfombrando tu cuna de estrellas,
noche, de aquellos días
de verano coronadas,
noche de ojos de amapola cansada,
noche nacida de ojos celestiales,
noche nacida de corazones arados
por aceitunas oscuras y lágrimas de luna.

Quisiera colgarme y aferrarme
en tus pasos imparables,
nutrirme de abundantes llantos,
agotando tu tiempo de árboles pálidos,
para ser aguacero eterno,
creador de primaveras.

Para llenar tu palacio
de ojos vacíos
con sangre de nieve.



Poema a mi abuelo

Océanos escarlatas te vieron nacer,
gladiador de seda mediterránea.

Cultivaste crepúsculos
sobre suelos patagónicos,
surcador de lumbreras
en la noche de los hielos.

Arrastrando arenas
al otro extremo del mundo,
huiste de dragones.
Campanas de tu tibia pradera
quemaron tus ojos,
escarpando lejanías.
Como suicida vegetal
falto de progenitores,
ascendiste, semilla continental,
capitán celeste.

Hiciste de los Andes
surco de tus labranzas,
te erguiste sobre un caballo polar,
huellas, fueron el signo de tu habitar.
Sobre tu cabeza, un mar muerto
enlutado en fogatas de astros.
Tu casco, lazo del infinito,
cargaba la linterna
como un niño llevando soles
a través de la tierra.

Dueño de mansiones solares,
explorador de nubes de carne, sacrificadas,
constructor de arcas en el diluvio de los vientos.
Fortaleza amurallada
la de tu diente de león
que te abrazó al viento,
temporal enemigo de anclas,
arquitecto de palacios de acero
en la cima constelada.

Ojos azules los tuyos,
admirados por asoleados jaguares.



Deseo

Mañana tibia y oscura
deseo rodar, girar,
como las hojas en el viento,
deseo que mis palabras
caigan como granizo sobre la tierra,
deseo que mis visiones viajen
en los ríos, trigales, crepúsculos,
vientos, amaneceres, deseo nutrirme
para así nutrir mi muerte de jardines
aterciopelados por girasoles.


Sol Frío

Tarde de castaños,
tarde de horas tostadas,
tarde de silencio apartado
que estrechas entre maleza
mi corazón en flor.

Por fin, llego a ti naufragando,
trayendo a mis espaldas,
los escombros de un amor destrozado,
de un amor acabado.

Las mañanas, las tardes y las noches
se hacen una en lo que observo.
Veo congelados mis impulsos
en la roca desolada.
Me quebrajo a cada segundo
bajo baños de luz que me queman de frío.

Añoranzas, melancolías,
ocupan mi barco de fuego, de hielo.
Los ojos de la noche bañados de esperanza,
van buscando el timón en el abismo.
Siento mi paisaje atravesado por nubarrones,
la roca cubierta de sombra, me encuentro detenido.

Mientras la luz sigue su ruta
buscando mi paisaje,
para naufragar sobre mi frente
coronándola de sueños.



Solo la lluvia

Te esperé
mas en el camino
los bueyes y las piedras húmedas
sabían que no vendrías.

La lluvia caía, el viento soplaba,
mas en el camino tu no estabas.

Acaso tus pies se olvidaron
del camino solitario.
Tal vez un pronóstico climático

traslado tus deseos a otras latitudes.
O quizás tu corazón se extravío por siempre
para ser nido de huérfanos gorriones.

Y es que ninguna razón era real entre nosotros.
Nuestro amor era distinto,
solo la lluvia
solo un camino
mas de esperas yo no sabía.



La bese

Soñando la bese
bajo la sombra de la noche la bese
mas sus labios nunca toque.

Y es que tras los párpados
un beso no es un beso,
solo aire como la palabra
pronunciada por mi boca.

Mientras escribo estos versos
el viento besa mi piel,
pero este no es el beso que espero
besarla a ella es lo que quiero,
pero mientras escriba y sueñe besarla no podré.

Todavía la poesía me roba sus labios.



Vacías quedarán

Tengo unos poemas
los llevo siempre donde voy.
Son mi tesoro, mi obsesión,
una clara medida de lo que busco.

En el libro están, entre la noche
de las páginas sin abrir.
Atados a mi corazón solitario,
endurecidos en la lápida del tiempo.
Sin aliento, desangrados,
perdidos en la palabra por la palabra.

Tengo unos poemas que entregar
en blanco quedarán las hojas
y solo la vida será la página luminosa que llenar.


Negros Tacos

Sigo tu balanceo, flexible mujer.

Desde la tierra perforada
por tus negros tacos,
subo, poco a poco
por tu incansable tajo.

Oscilan, oscilan tus muslos,
tus duros muslos
bajo el ropaje ceñido,
ceñido de calor,
ceñido de respiración.

Sigo de tanto en tanto,
de tacto en tacto tus suaves bordes,
suaves, tibios y aromáticos bordes.

Sigo tus máscaras, tus dulces,
despiadadas y ardientes máscaras.
Estoy envenenado,
sin orgullo, evaporándome.

Oráculo del deseo
tu rito es el movimiento,
el vaivén de tus senos
y nalgas floridas.

Quiero seguirte por completo,
pero el misterio te envuelve,
refinada bestia.

Tu sereno rostro se desfigura
en agitadas muecas,
muecas blandas, muecas duras,
encrespadas, jadeantes,
jadeantes muecas,
sedientas muecas de placer.


Mármol Negro

Me encontraba de pie
en medio de una densa neblina
comencé a caminar y a cada paso que daba
el velo de la bruma se abría
en trocitos de verde césped
con el aroma de los cielos.

Mi nariz y mi mente
no pudieron contener aquella frescura,
convertida en mareo exquisito y fugaz.
Frente a mí se sucedían las visiones.
La copa de un gran árbol
me ofrecía sus frutos
como encendidas esferas
de metal reluciente,
con solo rozar una de ellas
mis manos parecían arder
con el ímpetu de una llama.
Puse en mi boca
este pequeño fruto de luz
y al instante se extinguió
en jugo riquísimo,
con el espíritu de un río.

Ahora mi cuerpo parecía flotar
en una fontana sombría
de bordes esfumados,
lugar donde mis ecos retornan
con una voz diferente.
Tal vez la voz de otra vida.
Algo supremo parecía darme y quitarme
con intensidad repentina.

Al ritmo lento de mi corazón
una levedad insondable,
como el misterio de la creación
se apoderaba de mi.
Los párpados en mi cara cerraban mis ojos,
pero en este lugar aquellos
no eran materiales.
Bajo una fuerte lluvia,
podía ver con total claridad
el bloque de piedra
situado al morir el jardín.
De pronto me hallaba junto a el.
Era un gran mármol negro
con hermosas vetas doradas.
En su interior yacía
la figura envolvente
de una bella mulata.
Frente a mi
comenzaron a girar
sus duros miembros
y en cada giro su cuerpo pétreo
era más vida, más conciencia mortal.
Con gran estruendo el muro de mármol
se retiró como soberbios rayos
que huyen de nuestras míseras almas.
Solo ella, quedó suspendida
sobre la hierba.
Sonriente, me miraba
bajo la voz de la lluvia.
Durante un instante
¡Silencio inmortal!
Se hallaba junto a mi desnuda.
Hilos de agua descendían inquietos
sobre su piel erizada de frío.
Puse mis manos en su rostro,
vi en sus ojos placidez infinita,
había en ella una permanencia
que superaba mis sentidos.
Extendió su cuerpo para besar mi frente
y dulcemente dijo:
Ten compasión por todos los seres.
Puso su piel contra la mía
y en una explosión de luz
se hizo espíritu en mi.

Calma Pura, anhelo imposible.
¡Preciosa Forma que quitas el ardor del deseo!
Cesó de llover, se apagó el viento.
Ascendí sobre el prado,
sobre el Camino del Medio
entre los extremos opuestos,
sonriendo.

Nubes pasajeras
cruzando mi mente.


Para aquellas almas
congeladas de soledad

Hay lugares que poseen
el zumbido de un enjambre.
Y se te olvida por un instante
ese frío que penetra profundo en tu piel.
Luego sientes un fuerte escalofrío
que te indica que esta región del
trópico no es suficiente.

Es ahí, cuando tu sangre quiere
fluir a otra sangre, es ahí,
cuando quieres dar término al
sueño que te impide respirar.

Ves lo que te digo, es el reflejo en el arroyo.
Cuando lo vi supe que era yo.
El torrente fluía, pero mi ser
bajo el agua permanecía inmóvil.

¿Por qué miras así?, ya se, me ves
confundido, pero no comprendes.
Yo solo busco ese cansancio
infantil, ese barro seco cubriendo
mi carita. Aquello era formidable,
sumergido entre fibras nerviosas
mí cuerpo era un cataclismo.

Ya que estas aquí, quiero que me
prestes por un instante tu piel.
Sí, y no creas que bromeo.
Recuerdas, esa que dejaste tendida
a lo largo de la carretera,
la que vibra de emoción
cuando se atemoriza.

¡Pero es una locura!
El dolor que he sentido
esa miel deliciosa que recubre
mis cavidades, es intransferible.
No puedes arrancarla.

Pero puedo unirme a ti y en tu reptil
descenso, poner arder mis plaquetas rojas,
llenas de tu carne irracional.

Cerca de la cima volcánica somos
almas anónimas bañadas de un vapor hormonal.
Ya estoy cubierto de tu piel
y me siento a punto de caer.

Hemos llegado al fondo de un nuevo cuerpo,
un vértigo arterial borra
todas las fronteras de mi ser.

Tus huesos son mis costillas, clavadas,
flexibles, como mi lengua en tu boca.
Ya no distingo entre tus manos y las mías.
La respiración es un viento cósmico.

Somos un hilo de metales fundidos,
cruzando en silencio nuestro
amor infinito.
Ahora que miro, tus ojos fijos en el más allá,
siento paz, soledad y nostalgia,
mucha nostalgia.
Lo puedes ver. ¡Sí!, mi interior.
Soy una medusa transparente,
girando en el arroyo.

Dos medusas, no una, dos temores,
dos niños, dos tristezas, dos sueños.

Quiero nuevas vestiduras una y mil
veces, nuevas muertes sobre tu carne.

Luego despertar en el silencio del espacio
exterior, libre, solitario y eterno.

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