Mapuche Universal
El horizonte esta inmóvil, pareciera que contempla.
Estamos en un borde del mundo exhausto.
No vibra la silueta solo espira residuos.
En estas regiones las palabras no son necesarias.
Testigos vibran sobre la extensión.
Solo humo, hipnótica serpiente de canasto.
Polvo, nada mas que polvo.
La cuerda floja solo soporta, el principio y el fin.
De polvo eres y al polvo volverás.
Es el milenio del brujo mapuche, profeta
de la tierra azul.
Es el tiempo del trance nostálgico.
Pasado y futuro, son raíces en el oráculo de humo
del presente.
Combustión mental, síntesis, concentrado de humo,
jarabe milagroso del mapuche.
La alfombra y su arlequín
Un arlequín
quieto como el sol
rebosante de alegría
sobre los cimientos
oscuros del mundo
y tras él una alfombra mágica
que transfigura sus valles
en otro Universo.
Profunda realidad
donde las manos del sueño
tienen su imperio.
Retorno
Alza tu cuerpo,
hoy el corazón de todos pide tu retorno,
no hagas llorar en tu corazón
a los que te esperan.
Escucha el vaivén de tu pulso confuso,
desbordante, destructor de límites.
Pon claridad en las aguas,
verdor en los valles y
vierte tus caricias rojas
en los tiestos de tu cuerpo.
Levanta un volcán con los peñascos
de tu cintura costera.
Esculpe un navío con manos de viento oceánico,
levanta tus velas de piel al dorado estelar.
Da tus pasos con serenidad,
no agites tu corazón
que las palpitaciones del resto
ocuparán el tuyo.
Camina con felicidad
junto a tu cuerpo marino.
Duerme de noche,
que de día serás espuma
habitando otros mares,
serás roca en otras tierras,
serás la nueva brisa del olvido.
Como lucerna en la noche
habitarás en los corazones
como el tuyo.
Por favor hombre, anda,
que hoy el viento es bueno
para los que te esperan.
No sea que la costa de tu destino
esté deshabitada
cuando hayas regresado.
Eléctrica nostalgia
Que rápido pasan los días
todo parece igual,
ahora tienen término
y hay poca luz en ellos.
En todas las emisoras el Tecno suena
plano, mecánico, tormentoso.
Es una lata no sentir,
apretando siempre el botoncito
de la nada porque sí.
¿Ves como todos se ponen pálidos?
Es como si el aire produjera anemia,
son los 90 con su ilusión de década original.
A veces es como si el tiempo se fuera gastando.
La onda expansiva de los 70 con sus horas infinitas
alcanza el borde de nuestro ideal.
Contrapeso del tiempo perdido en la nostalgia.
Me han dicho que aun existe el terreno
de la parcela del 40. En esa época Telefon Line,
Confusión, Train on London eran aire, luz de cada día.
Había anchura en el corazón, la sangre era el mundo.
Todo para sentir, para soñar, en fin para olvidar.
Recuerdas Antar el Terry, sus ladridos
desde el fondo de la huerta. Sí, pero ya casi no siento,
aunque siguen ahí esperando por nosotros los espejismos del pasado.
En el río de nuestra memoria en son del mar, flotando están,
los días de piscina, el nogal florido, las melodías de Chicago.
Aunque son del pasado en mí son eternas, constantes, alentadoras.
Suena en la radio una banda de este tiempo, Los Pearl Jan.
Guardo solo un beso, de un tiempo que ya no volverá.
Tal vez fue la mejor época o una mera ilusión.
Al paso de las horas
En el reloj de madera
aparece un tiempo que se olvida
en el silencio de las tardes cansadas.
Esta tarde nublada solo sabía
de recuerdos y de sueños locos.
No esperaba al olvidado visitante sin edad.
Este lugar de cálidas maderas me habla
de diluvios y sequías pasadas, de ladridos
primitivos que todavía se escuchan.
Flotando estoy
entre un huevo hecho trizas
y una cabaña anclada a los sueños.
Me olvide por un instante de la materia que me forma.
Pero lo que queda de todo es que las cosas pasan y no retornan jamás.
Así como le ocurre a nuestra memoria
que coja a quedado, por haber olvidado al origen.
Es la señorita historia la culpable de que el tiempo y la muerte
suenen de vez en cuando en el reloj de la tarde.
Simplemente me encuentro
entre largas bancas y una mesa tendida frente a la ventana,
como el perro más querido de una hacienda.
Ventana que sabe de la memoria del tiempo
y de un visitante sin edad que pasa y no perdona.
Ya siento el aroma del pan servido por mis amigos
y el ruido de la motocicleta de Iván que junto al bosque
permanece sin necesidad del recuerdo.
La nostalgia es la materia de la vida al agotarse.
El recuerdo nos enseña que la luz de las estrellas
aunque muerta brilla en nosotros como la lejana niñez.
En honor a Vincent
Cual Prometeo arrojó el fuego a las profundidades de la tierra.
Coloreó el devenir en sinfonía de matices. Fue mago con la tierra, hijo de los establos, amigo leal de los campos. Pintor alquimista del espíritu llameante, poseedor de un gran grito amarillo en un fondo de ecos violetas.
Su corazón roto palpitaba entre el mediodía y la noche. En las tinieblas era un astro desolado; bajo el ardiente anillo un cuervo negro de vuelo explosivo, salido de las minas de carbón de Borinage. Lanzose tras el oficio sepultando los días con pinceladas de dolor.
Un amor furioso y lúcido encendía la caldera de sus sentimientos. Con paciencia de oriental buscó la redondez y el trazo simple.
De Delacroix amó su orquesta de complementarios. De Millet sus aldeanos en acción y la idea de sacrificar el alma por el arte.
Lejos de la ignorancia estabas, bastión de cultura y verdad. De Miguel Angel lo tenías todo. Acróbata de las imperfecciones. Enemigo del vacío método de la academia.
Holandés de nervios vibrantes, ante ti las telas temblaban y los ojos del vagabundo ascendían derribando catedrales.
Solo tú conocías los caminos siniestros de la maraña mental, eclipse para siquiatras tarados. De una ojeada hacías contrastes en forma de remolinos infinitos.
Tu sistema nervioso era una fábrica de pigmentos. Un naranja y un azul bastaban para unir a los enamorados, rastros de amarillo y azul para una delicada boca.
Tu gran resistencia y sensación de fracaso te hicieron envidiar y amar al japonés. Pero tu vuelo siempre fue más alto, pájaro en cielos de tormenta. Así es Vincent, pues, tu conocías el coro de tu ser, tus soledades, obsesiones, el soportar y el continuar.
Te sentiste como semilla estéril. Pero aquí, después de cien años eres primavera.
Fuiste vencido por la fuerza no por el corazón. He aquí, pues, a Vincent.
He aquí al loco, a la nulidad, al bueno para nada, pero que siente profundo y delicado y que brilla como un penetrante y angosto río en la provincia.
¿Qué más puedo hacer por ti Vincent?
Un comienzo
Las calles ardían en un Domingo de la ciudad. Los heladeros hacían rodar los pedales, giraban entre los torrentes verdes, se derramaban en las plazas y tras ellos los cardúmenes de niños huían del sol. Blanco como un fulgurante diente de león, el sol se estrenaba, frente a los ocultos ojos sombríos de la gente. El alma del desierto era amo y señor del caprichoso sistema metropolitano.
El sol creador de animales, vestía a los niños en grotescos coloridos. Provistos ahora de un talento mágico desataban de la corta siesta a ondulantes mangueras lanzadoras de frescos chorros, bolsas de agua con la flexibilidad de un gato casero, que tenían como meta el cuerpo blando y claro de una criatura sudorosa, charcos plateados que reflejaban el sol a disposición de una esponja de verano, el jardín ardiente del frente los tragaría a borbotones. El genio infantil era desatado, desafiaban al sol.
En las esquinas, colorados como salsa en conserva, por aquí y por allá, desparramados, uno que otro hombre alcanzaba un pequeño almacén, cazando como en un tren lo antaño, los cielos grises de inviernos pasados, las distintas melodías, encuentros y despedidas de otros Domingos. La cerveza caía en sus vientres, como agua de un balde que cae sobre carbón encendido. En cada burbuja de la cerveza iba un recuerdo encapsulado, al momento de reventar aparecía el pasado, todas las estaciones ocupaban un espacio en sus mentes.
Las casas espiraban por las puertas vapores refrigerados, bostezos de una siesta rutinaria balanceaban el cortinaje de las ventanas. Ilusoriamente los problemas desaparecían frente a los poderosos mandatos del sol. Se tendía hacia la unidad, cada criatura era un fogón coronada de baños fríos, lecturas oceánicas, odiseas después de la ensalada fría por las largas avenidas en busca de un parque, donde los chanchitos de tierra y los tréboles alimentaban polos microscópicos.
Todo tendía a apartarse del sol, todos eran arquitectos de inviernos artificiales. Imperaba la energía, la actividad, todo era actividad ¡ Sí ! movimiento ¡movimiento !. Era interesante ponían toda su atención en ventilar sus almas solares, querían poseer un iceberg pero estaban llenos de una actividad abrumadora.
El horizonte esta inmóvil, pareciera que contempla.
Estamos en un borde del mundo exhausto.
No vibra la silueta solo espira residuos.
En estas regiones las palabras no son necesarias.
Testigos vibran sobre la extensión.
Solo humo, hipnótica serpiente de canasto.
Polvo, nada mas que polvo.
La cuerda floja solo soporta, el principio y el fin.
De polvo eres y al polvo volverás.
Es el milenio del brujo mapuche, profeta
de la tierra azul.
Es el tiempo del trance nostálgico.
Pasado y futuro, son raíces en el oráculo de humo
del presente.
Combustión mental, síntesis, concentrado de humo,
jarabe milagroso del mapuche.
La alfombra y su arlequín
Un arlequín
quieto como el sol
rebosante de alegría
sobre los cimientos
oscuros del mundo
y tras él una alfombra mágica
que transfigura sus valles
en otro Universo.
Profunda realidad
donde las manos del sueño
tienen su imperio.
Retorno
Alza tu cuerpo,
hoy el corazón de todos pide tu retorno,
no hagas llorar en tu corazón
a los que te esperan.
Escucha el vaivén de tu pulso confuso,
desbordante, destructor de límites.
Pon claridad en las aguas,
verdor en los valles y
vierte tus caricias rojas
en los tiestos de tu cuerpo.
Levanta un volcán con los peñascos
de tu cintura costera.
Esculpe un navío con manos de viento oceánico,
levanta tus velas de piel al dorado estelar.
Da tus pasos con serenidad,
no agites tu corazón
que las palpitaciones del resto
ocuparán el tuyo.
Camina con felicidad
junto a tu cuerpo marino.
Duerme de noche,
que de día serás espuma
habitando otros mares,
serás roca en otras tierras,
serás la nueva brisa del olvido.
Como lucerna en la noche
habitarás en los corazones
como el tuyo.
Por favor hombre, anda,
que hoy el viento es bueno
para los que te esperan.
No sea que la costa de tu destino
esté deshabitada
cuando hayas regresado.
Eléctrica nostalgia
Que rápido pasan los días
todo parece igual,
ahora tienen término
y hay poca luz en ellos.
En todas las emisoras el Tecno suena
plano, mecánico, tormentoso.
Es una lata no sentir,
apretando siempre el botoncito
de la nada porque sí.
¿Ves como todos se ponen pálidos?
Es como si el aire produjera anemia,
son los 90 con su ilusión de década original.
A veces es como si el tiempo se fuera gastando.
La onda expansiva de los 70 con sus horas infinitas
alcanza el borde de nuestro ideal.
Contrapeso del tiempo perdido en la nostalgia.
Me han dicho que aun existe el terreno
de la parcela del 40. En esa época Telefon Line,
Confusión, Train on London eran aire, luz de cada día.
Había anchura en el corazón, la sangre era el mundo.
Todo para sentir, para soñar, en fin para olvidar.
Recuerdas Antar el Terry, sus ladridos
desde el fondo de la huerta. Sí, pero ya casi no siento,
aunque siguen ahí esperando por nosotros los espejismos del pasado.
En el río de nuestra memoria en son del mar, flotando están,
los días de piscina, el nogal florido, las melodías de Chicago.
Aunque son del pasado en mí son eternas, constantes, alentadoras.
Suena en la radio una banda de este tiempo, Los Pearl Jan.
Guardo solo un beso, de un tiempo que ya no volverá.
Tal vez fue la mejor época o una mera ilusión.
Al paso de las horas
En el reloj de madera
aparece un tiempo que se olvida
en el silencio de las tardes cansadas.
Esta tarde nublada solo sabía
de recuerdos y de sueños locos.
No esperaba al olvidado visitante sin edad.
Este lugar de cálidas maderas me habla
de diluvios y sequías pasadas, de ladridos
primitivos que todavía se escuchan.
Flotando estoy
entre un huevo hecho trizas
y una cabaña anclada a los sueños.
Me olvide por un instante de la materia que me forma.
Pero lo que queda de todo es que las cosas pasan y no retornan jamás.
Así como le ocurre a nuestra memoria
que coja a quedado, por haber olvidado al origen.
Es la señorita historia la culpable de que el tiempo y la muerte
suenen de vez en cuando en el reloj de la tarde.
Simplemente me encuentro
entre largas bancas y una mesa tendida frente a la ventana,
como el perro más querido de una hacienda.
Ventana que sabe de la memoria del tiempo
y de un visitante sin edad que pasa y no perdona.
Ya siento el aroma del pan servido por mis amigos
y el ruido de la motocicleta de Iván que junto al bosque
permanece sin necesidad del recuerdo.
La nostalgia es la materia de la vida al agotarse.
El recuerdo nos enseña que la luz de las estrellas
aunque muerta brilla en nosotros como la lejana niñez.
En honor a Vincent
Cual Prometeo arrojó el fuego a las profundidades de la tierra.
Coloreó el devenir en sinfonía de matices. Fue mago con la tierra, hijo de los establos, amigo leal de los campos. Pintor alquimista del espíritu llameante, poseedor de un gran grito amarillo en un fondo de ecos violetas.
Su corazón roto palpitaba entre el mediodía y la noche. En las tinieblas era un astro desolado; bajo el ardiente anillo un cuervo negro de vuelo explosivo, salido de las minas de carbón de Borinage. Lanzose tras el oficio sepultando los días con pinceladas de dolor.
Un amor furioso y lúcido encendía la caldera de sus sentimientos. Con paciencia de oriental buscó la redondez y el trazo simple.
De Delacroix amó su orquesta de complementarios. De Millet sus aldeanos en acción y la idea de sacrificar el alma por el arte.
Lejos de la ignorancia estabas, bastión de cultura y verdad. De Miguel Angel lo tenías todo. Acróbata de las imperfecciones. Enemigo del vacío método de la academia.
Holandés de nervios vibrantes, ante ti las telas temblaban y los ojos del vagabundo ascendían derribando catedrales.
Solo tú conocías los caminos siniestros de la maraña mental, eclipse para siquiatras tarados. De una ojeada hacías contrastes en forma de remolinos infinitos.
Tu sistema nervioso era una fábrica de pigmentos. Un naranja y un azul bastaban para unir a los enamorados, rastros de amarillo y azul para una delicada boca.
Tu gran resistencia y sensación de fracaso te hicieron envidiar y amar al japonés. Pero tu vuelo siempre fue más alto, pájaro en cielos de tormenta. Así es Vincent, pues, tu conocías el coro de tu ser, tus soledades, obsesiones, el soportar y el continuar.
Te sentiste como semilla estéril. Pero aquí, después de cien años eres primavera.
Fuiste vencido por la fuerza no por el corazón. He aquí, pues, a Vincent.
He aquí al loco, a la nulidad, al bueno para nada, pero que siente profundo y delicado y que brilla como un penetrante y angosto río en la provincia.
¿Qué más puedo hacer por ti Vincent?
Un comienzo
Las calles ardían en un Domingo de la ciudad. Los heladeros hacían rodar los pedales, giraban entre los torrentes verdes, se derramaban en las plazas y tras ellos los cardúmenes de niños huían del sol. Blanco como un fulgurante diente de león, el sol se estrenaba, frente a los ocultos ojos sombríos de la gente. El alma del desierto era amo y señor del caprichoso sistema metropolitano.
El sol creador de animales, vestía a los niños en grotescos coloridos. Provistos ahora de un talento mágico desataban de la corta siesta a ondulantes mangueras lanzadoras de frescos chorros, bolsas de agua con la flexibilidad de un gato casero, que tenían como meta el cuerpo blando y claro de una criatura sudorosa, charcos plateados que reflejaban el sol a disposición de una esponja de verano, el jardín ardiente del frente los tragaría a borbotones. El genio infantil era desatado, desafiaban al sol.
En las esquinas, colorados como salsa en conserva, por aquí y por allá, desparramados, uno que otro hombre alcanzaba un pequeño almacén, cazando como en un tren lo antaño, los cielos grises de inviernos pasados, las distintas melodías, encuentros y despedidas de otros Domingos. La cerveza caía en sus vientres, como agua de un balde que cae sobre carbón encendido. En cada burbuja de la cerveza iba un recuerdo encapsulado, al momento de reventar aparecía el pasado, todas las estaciones ocupaban un espacio en sus mentes.
Las casas espiraban por las puertas vapores refrigerados, bostezos de una siesta rutinaria balanceaban el cortinaje de las ventanas. Ilusoriamente los problemas desaparecían frente a los poderosos mandatos del sol. Se tendía hacia la unidad, cada criatura era un fogón coronada de baños fríos, lecturas oceánicas, odiseas después de la ensalada fría por las largas avenidas en busca de un parque, donde los chanchitos de tierra y los tréboles alimentaban polos microscópicos.
Todo tendía a apartarse del sol, todos eran arquitectos de inviernos artificiales. Imperaba la energía, la actividad, todo era actividad ¡ Sí ! movimiento ¡movimiento !. Era interesante ponían toda su atención en ventilar sus almas solares, querían poseer un iceberg pero estaban llenos de una actividad abrumadora.
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