Un espacio vital
Las especies flotaban para mí,
los perfumes dormían y a bocanadas
la sábana del viento los devoraba.
Todo hacia lo alto, todo subiendo.
Se buscaban estallidos,
desgranábanse los tibios seres,
jugueteando en la abertura aérea.
Balanceábanse serenos los robles,
cual ropajes tendidos al sol
sobre suspiros diminutos.
La cristalina agua, diamante transparente,
sombra de luz de los interiores,
fluía centelleante,
violando las morenas arenas.
El mundo se arrodillaba,
volvía sobre su regazo,
en silencio escudriñaba, turbulentas pataletas,
silencios, antifaces, acrobacias sin descripción,
sedientas raíces,
sepultándose en oscuridades nutricias.
Mientras allá en lo alto,el fantasmal
aliento roza las copas.
Aquí abajo, bien en lo profundo,
donde la vida pareciera no existir,
braman de líquida y absoluta luz las
cavidades sombrías.
Espacio vital, donde la muerte
es casi una Utopía.Se tornan
Lloran las aguas,
en retirada ruedan los hombres
en sábanas de espuma,
¡Arena, vientos, tormenta líquida!
Que se torna más alta, mientras más traga.
Desde el fondo
donde la línea se hace niebla
el sol se torna reflejo en el agua.
Brillo tan intenso que desabita las mareas
y hechiza las medusas.
Grito desaforado que se torna mudo,
apasionado mar que vive del ruido de sus olas
y busca el silencio junto a las arenas.
Velero
Oh velero,
pareces hecho de niebla helada.
Te siento inmenso.
Un sueño crece al compás de las mareas
y mientras más te internas más me asombras.
¡Si pudieras mirarte como yo desde aquí!
Verías un frágil triángulo blanco, aleteando,
arrojado en fiera corriente azul.
Corriente tan extensa
que tocar no podrías
solo rozarías su borde tembloroso.
Y perdido en tu búsqueda
verías su grandeza.
Mar
Como alga que se mece conoces el mar.
¿No basta con sentir su fresco respiro,
con cantar a las estelas
que afloran para luego marchitarse?
Se puede conocer un lugar sin estar en el.
¿O acaso hay que ser mar para tocar su luz?
Norte
El silencio de tu cama sin agua, seca,
como peñasco que no conoce el mar
alimenta de sed al océano.
Abre mis ojos vaciándose el infinito
y se pierde, te pierdes
allá donde mis ojos no hallan
muriendo frente a un océano que no existe.
Se evapora el cuerpo
ya mis manos, son aire-agua, no se,
ya no se hunden, ni se suspenden
solo descorren el velo brumoso
de alados celestes y azules profundos
que lo único que hacen es aliarse.
Los pájaros otean,
en algo que no es ni el mar ni el cielo.
Se tornarán en translúcida marea,
que ignora los límites pero conoce la luz.
Sonata junto a Vivaldi
En la quietud de mi respiración
el corazón real habla,
como laguna reflejándolo todo.
A través del ventanal surge la luz,
luz de margaritas que tal vez
ya florecieron.
Vaivén de mi sangre,
habitado por alados resoplidos.
Sequedades distantes que aúllan
desde la oscuridad.
Has de tu cuerpo una malla de luz.
Abre la puerta y serás brisa tibia,
en rostro de niños.
Corta la flor y serás perfume,
en el pecho de una mujer
que muere de amor.
Ojos devoradores de luz,
anclados en visiones primaverales,
las mariposas alzan su vuelo
sobre la ondulosa cabellera de espigas,
para ustedes.
Mágico mundo, cristalino, inmóvil, furioso,
frenético, hechizo en mi piel.
Sí reloj de maravillas, si fuego recóndito,
que traspasas mi delicada envoltura para asirte a los cielos.
Sin resistencia me aferro a tus caprichos,
a tus gritos, arrastrándome,
en tus sacudidas tormentosas.
Me disparo como un halcón sobre tus nubosidades.
Me inmovilizo, en la inmóvil calidez de tu verano.
Me sepulto en tu fogosa tierra y beso
con mis labios tus humedades.
Ah sacudirse, abrir los corazones, saltando.
Viento gira sobre tus dominios, ahora follajes
junto con las aves, hierba junto con las flores,
junto a las abejas. Ya es hora de vivir.
Sin nombre
Mujer era,
la derramada en almas verdes
la desde follajes entregada.
Despierta con la bruma
para buscar miel desde las ramas.
De sueños en capullos era la criatura
que mecía a la noche anclada.
En perfumes la mujer llegaba a los pies del día
para alcanzar con flores tibias
el lienzo de los hombres.
De tacto penetrante es su transparente
mano revelada en colores.
Yaces en frescura detenida
giras, juegas en aleteos verdes
galopas y arremetes en alas
de plumaje azulado, en mares
donde el resplandor son tus olas.
Advertencia
Ya basta de arrojar
nuestros males
al lugar de origen.
Terminemos de buscar ,
de probar por capricho.
Ya no justifiquemos
nuestros hechos
con la ignorancia.
No desquitemos nuestra suciedad
en la limpieza de otros.
Permitamos que otro
ocupe el que fue nuestro vientre.
En sacrificio, puro lo ofrendaremos.
Descubramos el devenir
en nuestros pechos
aquietados en la fortaleza de la lucha.
Para que no llegue el día
en que traguemos
lo que hemos vomitado.
El día en que los dulces frutos
ya no estarán para nosotros.
En que las cavidades
de la madre viajera
estarán prohibidas para el hombre.
Prohibidas por la ausencia de Vida.
El germinar de un nuevo día
Las arenas del desierto
daban a la noche
un matiz de rojo carmín.
La inmensidad silenciosa
señalaba el umbral.
Invisible semillero ardiente,
delatando en colores
a un pulpo cósmico.
En el horizonte,
la moneda se deshace
en el pulso
de mil pájaros al viento.
El sol de arena
libera su progenie
en un llanto de alegría.
En la curvatura la leche negra
enlazaba a los cristales
en sustento de media luz.
Para ser en el pleno cielo,
olas, en un mar de aguas blancas.
Bullentes vómitos, arremetidas, saltos,
egoísmos, fuerzas compartidas,
nutrían al gran caracol,
explorador de interiores,
buceador y minero en cloroplastos,
catedrales, cimas y abismos,
habitante en trigales suspirando,
en lunas de plateado llanto humano,
en centelleante mariposa líquida
habitada por soles,
en bolas de nevada voz,
en vetas de vida
que gritan desde dentro
su próximo encuentro.
En arañas de sabio acero
que buscan tejiendo
desde la pulpa del alma
el cascarón del universo.
Casa invisible
que se deja habitar y descubrir
por miradas invisibles.
Enérgico destino atesorado
en la telúrica maraña de vida.
Una flecha verde
Gran extensión posees
tierra de árboles heridos,
boca que se sirve al borde de la noche
ráfagas de estrellas heladas,
caballo en que los ríos
australes se estremecen,
fresca espalda donde el océano duerme,
costado vertebral
de la América invadida.
Tú la de superficie fina
hecha para oscuros cielos,
te surcan colosos de acero
que conducen hombres
a tu corazón de crespos verdes
a tu herida que derrama
miel de soledades.
Aves de claro contorno
beben en tus lluvias
el grano de la vida.
Pliegues ocultos de una anciana juvenil
son tus recovecos que apagan
Apocalipsis. Lejanas nostalgias,
cinturones frutales, conforman
tus fragantes torres
que brillan para seres oceánicos.
Hay algunos que han sentido dolor
dentro de la flecha verde
y hay otros como yo
que la han contemplado en deleites
y hablado de ella.
Quisiera escuchar la poesía
de los que han luchado
alegremente dentro de la flecha.
Los musgos de mi oído
desean acoger las lanzas
de tu arco verde.
Misterio
Trazos de color circundan
las fosforescencias Universales
las entrelazan, las arrojan
al tiempo de rítmico andar.
Es la forma revelada,
melodía transfigurada en cada nota.
Es el canto de los pórticos,
de las siluetas modeladas
en la cera de los sueños.
Es piedra que se hace
preciosa en el azar, misteriosa
en el juego de los trazos.
Es el alma vasta del hombre
como sendero eterno entre la selva,
la que grita desde las orillas
de la vida y de la muerte.
Es peñasco oscuro, invadiendo
a la boca clara que lo engulle.
Es la noche que respira en lo volátil,
subterráneo, acuático y místico
de la línea iluminada en cada luna.
Alcémonos, contemplemos
el lenguaje de los ritmos.
Adéntrate dolido corazón, ingresa
déjate acoger en los espacios vacíos,
descubre junto al trazo infinito de lo viviente
los mensajes de la vastitud invisible.
Abandona la mera apariencia
conversa con el paisaje
de las cavernas.
Fragmentos
1
La atmósfera cargada de calor
arrastraba consigo
el aliento vaporoso y polvoriento de los hombres.
El varón rojo, afianzaba su carácter
en el himen terráqueo.
2
Dejadme cubrir de hojas
a la especie anidada
en el corazón de un cuervo negro.
Abrir los espejos
de un mediodía afligido, romper sus extremos
y balancearlo en el galope de gacelas
sobre follajes de escarcha.
3
Un mago sin alas, volaba
deshilachando sus dientes blancos
sobre el vasto pintor sin ojos.
Lienzo sin pincel, que traza en gratuidad
para mares egoístas,
oro que no se da en la tierra
en manos de barro infinito.
Admiración ante tan pura
y hábil destreza.
4
Verde amapola
entre brazos azules,
de un sol que no se cierra
de una luna que no perece.
Suspiros estrellados
harán nacer entre la noche
tu pecho frágil.
5
Los castaños se mecían
en la habitación del día, flotaban.
Ensueños penetraban
el fruto olvidado,
era el devenir en la calle de los hombres.
Escenario
Horizontes se abren ante mi y desde mi,
algunos bosques de extremada espesura,
otros de liviandad divina y muchos que
comprendo y no puedo ver.
Del tremendo océano,
atrapo en las rocas de mi sien
retoño líquido y perfumado que hago mío,
en burbuja que refleja y multiplica
las imágenes del camino que recorro.
Del rugir de los mares,
emerge el primogénito
para fundirse en su madre
que lo expulso por su garganta
al paisaje inmodificable
de modificación eterna.
Desde mil quebradas
se alzan mil lienzos
hacia la cumbre que los anudará.
En el abismo sin apoyo,
empiezo a entrelazar
la tela constructora,
las hebras de seda, hasta fortalecer
el lienzo que encumbrará mi riachuelo
en océano libertado.
Dejo que mis pies se nutran a la interperie,
que se humedezcan, que se quemen, que se fuercen,
que se corten, hasta lograr fertilidad.
Siendo labrada mi tierra seca
por los caminos que mis pies alcanzan,
convirtiendo la estrechez que ahoga
en amplitud que oxigena y libera.
Sin título
Miro en mis ojos
perdiéndome en ellos,
ocultándose el sol
tras la noche del negro profundo.
La oscuridad enceguece
y empapa al mar sin fondo.
El gran valle ceguero
abre sus raíces, buscando
la savia en mis ojos,
las raíces tocan el fondo
del gran habitáculo y de mis ojos
la savia es arrebatada.
La vastitud infinita debe nutrir
para ser nutrida.
De savia me convierto en raíz,
el gran valle da de comer a mis ojos,
invitando a la noche del negro profundo
ocultarse tras el ardiente sol en flor,
en flor de un solo jardín.
Mesías
Las sombras novias del agua,
templaban los centauros de fuego.
Un prismático triángulo hendía las alturas,
azules acróbatas de dorados bordes
creadores de silbidos, cantaban sombras,
destruyendo soles.
En las soledades del viento
un ángel herido de rojo tinte,
cual meteoro arrojó su cola
al país de los centauros.
Allí yaces herido, curandero errabundo
en el puente de las detenidas soledades.
Tu negra sangre es la noche en los centauros,
eres signo de llanto, sacrificio.
Fuiste sobre el pecho de aquel niño,
rodador de pendientes, oro negro
como petróleo sobre polos olvidados.
La muerte coronó de huracanes tu alado cuerpo.
Tu dolor marcó en estigma de fuego la frente del lobo.
Ahora los hombres mirarían los cielos,
la piel de los hombres se encontraba
en las alturas.
Tus lluvias son llanto en los centauros.
Locura Mental
De una ojeada al timonel,
la gaviota de mi universo
surca el espinazo del firmamento,
sobre sus alas,
burbujas entran en estallido fugaz
y se echan a reír
sobre la lengua de espuma blanca y vendaval.
Doncellas de arcilla y roca
remojan sus piececillos
en el cielo azul y frío,
ojos de onda luminosa
fisuran el átomo del cristal líquido,
monasterios de coral surgen,
pulmones ascienden al absoluto círculo estelar
y manos branquiales intentan rozar el centro
del espejismo errante.
Sin saber como, desde mi cárcel
en libertad jugueteo con las fragancias
y las transformo en visiones cósmicas,
en payaso de hielo, en golondrina de agua,
en delfín colorado de cabellera ondulada
y en senos de chuño bañados de blanco.
Estornudos terráqueos
emergen de mi neurona impenetrable,
espasmos de energía se hacen sentir,
reacciones de rojo pulso volcánico,
de escalofríos subterráneos,
ecos cavernarios, gritos metálicos,
cataclismos de arterias de tierra y mar,
oxígeno descontrolado, trompos avasalladores,
guerreros de carne roja y azabache,
suspiros de truenos y relámpagos
de gran estruendo,
rinocerontes de cromo alado,
tiburones con cuernos de buey,
avispas con ojos de jirafa y trompas de hormiguero,
colibríes de busto corcelado
y colas trepadoras.
Látigos en forma de fogones,
deambulan y vagan como cenizas
de residuos esqueléticos
sobre el corazón del universo,
como vivientes criaturas de chispeante inquietud
que corren en tropeles por un mundo sin centro,
en un vientre de presencia omnisciente
sumido en un sueño profundo sin amanecer.
Vasijas de leche se derraman sobre la Vía Láctea,
tornándose en remolino frenético,
en bailarín espacial, en pasos
de rítmicas novas y supernovas, en elefantes,
que lacean con sus trompas la energía galáctica,
haciéndola germinar y propagar
a través del espejo con ojos reflejados.
Mi mirada se plasma con la bóveda sin fronteras,
del celeste oxigenado en soledad constante
emerge un mármol aguilado, estático,
de carácter total, de presencia universal,
que estalla en segundos y se desploma
como un muro a través de la luz.
Penetra mi cráneo y enciende mi lámpara de luz,
para anunciar con su resplandor y canto,
el nuevo peregrinar hacia el valle fértil,
el valle de los aguaceros, de los destellos de luz,
de la naturaleza, del universo,
y de aquel ser más grande que el propio universo
que lo contiene entre sus manos, el hombre.
Azul
He visto un árbol parecido al océano.
Amplio y azul, era un árbol amplio y azul.
Era como una gruta alimentada
por vientos de todas las regiones.
Gruta musgosa, verde, verde gruta.
Oscura, pero de una oscuridad brillosa,
líquida, transparente.
He visto su gran sombra en rebelión contra el sol,
cubriendo las mortales materias.
Es un árbol infinito con el cual he soñado.
Entre sus hojas habita el espíritu de las aguas.
Como en el caracol, el mar no se ve pero se escucha.
Azul, árbol azul, contigo vuelo solitario
a mundos perdidos, jamás imaginados.
Alturas, frescas alturas, alivio, puro alivio.
Azul como el cielo, azul como el mar,
te respiro, azul te respiro.
He visto un árbol parecido al océano.
Amplio y azul, era un árbol amplio y azul.
Improvisación
Camino al monasterio blanco, la ciudad plateaba de lagunas rutilantes, en ellas como espejo desgranado los senderos se multiplican, en los verdes y azules del gran valle. El nácar de las nubes, era una abeja metálica, buscando el perfume de una flor perdida. En oleadas sinfónicas, los danzarines caían con el viento, pincelando el cielo célico y adorable, para anclar en los tejados pulidos por el sueño. El sol , pestañeaba con suavidad, a través de los candiles flotantes. La brisa del norte, derramaba su fragancia de naranja en el vientre habitado.
Corona Silvestre
En lo alto, una blanca luna flotaba. Haces de luz tornaban tibia la oscuridad. El tiempo de las hojas finalizaba, aparecía la escarcha. Pálida a la distancia la hierva semejaba empolvada de polen. Cual guadaña, los cielos escindían la claridad de los suplicantes astros. El invierno anidaba en silencio al borde de las aguas. Una atmósfera extraña poseía aquel lugar, algo despertaría pronto, afloraría una revelación.
Los caminos se extendían mudos en la engarzada tierra. Una antigua línea férrea atravesaba el pueblo, sus costados eran lugar de robles apilados.
A pesar de tener cuatro habitantes se respiraba abandono, eran invasores, parecían ermitaños en suelos desconocidos. Cada mañana como un acto obligatorio ponían atención en las nubes, inconscientemente buscaban el día más hermoso para destruir, sin duda estaban hechizados.
Confundidos en la noche dos de los hombres se erguían frente a un mesón, iluminados con una linterna trabajaban afanosamente. La escena traía a la memoria el Quijote, el más viejo era un Sancho regordete mientras que el joven fuerte era un señor de la Mancha, fino como un pistilo. Sin embargo, espiritualmente distaban mucho de ser los verdaderos.
En el centro sobre la cubierta de madera, un varón rojo de compactos miembros ventilaba su dentadura metálica. Entorno a él desparramados se encontraban ramilletes de cuchillos, hachas, pares de guante, grasa y aceite. Esmerados lubricaban, cambiando tuercas, cargando combustible, reemplazando las dentaduras del varón rojo, se alistaban para quebrantar los ritmos.
Al fondo del terreno cercado una cabaña guarecía al resto de los hombres. Dos viejos moribundos cargando el peso de las primaveras, esperaban apagar sus voces en el ojo vivísimo del amanecer. A la distancia la montaña azulada, escondía a la asesinada noche del emperador de la luz naciente. Un grandioso silencio de atemorizados bosques surgía de las profundidades verdes, los dos hombres habían muerto. Ya las alturas se prendían de la tierra cual anillo dorado, ahora solo habían dos miradas en la desolada tierra. La muerte de sus compañeros les conducía cabisbajos por la empedrada ruta. Un remolino de espantos sacudía sus almas mudas, deseaban desprenderse de sus cuerpos, cerrar los sentidos para amar al hechizo y flotar en la nada.
Sus mentes eran presa de una contradicción que los mantenía encajonados, apagaban su maldad en el sonido de las sierras y desintegraban en los parajes sus horizontes. En sus frentes oscuras se leía el hechizo. Hacer sufrir al mundo que los mantenía vivos, detestando la muerte.
Encendieron las sierras, un eco patético resonó en la maraña, los dos hombres se plantaron frente a los enraizados robles, calentaron las sierras, las hicieron patinar en el aire fresco, hincándolas en las entrañas arbóreas.
Suspiraron al ver sepultado el silencio, al ver aplacados los acordes de los cuales eran una nota, un trance los cegaba, acallaban al mundo y como leones devoraban a su presa. Se saciaban no de los árboles sino de quién los silenciaba, el sonido, el estruendoso y fatídico sonido de las sierras.
Excavando cual roedores chirriaban sobre los vegetales, violando cortezas, amputando fibras, tejidos. No en busca de los sistemas como hacia Leonardo sino tras el hallazgo de la más absoluta neutralidad, anulando los ritmos, constituyendo el reino de los extremos. Iban en son del blanco, del no existir.
A medida que el sonido aumentaba iban entrando en un estado de embotamiento de sonambulismo, ya ni siquiera tenían conciencia de lo que ejecutaban, ellos no estaban, desaparecían los murmullos del agua, los crepúsculos, no habían direcciones, el universo se desplomaba. Los únicos cauteladores estaban atados, imperaba sólo lo creado por ellos, estaban muy lejos de todo.
Sentían que la dinámica del mundo en que estaban no les pertenecía. Se daba paso a la oscuridad, al retorno desde el templo de los quebrantamientos, cesaban de horadar las sierras, aparecía lo vasto, el parásito de la confusión ingresaba en los hombres, detestaban la inmensidad, se despojaban de sus matices internos para vagar en la claridad del vacío. La esfera terráquea ya no era un animal.
Pero aquí fuera, fuera y dentro de los hombres los ritmos continuaban, grillos, nubes, mares, espigas, proseguían componiendo poemas aunque los hombres no los leyeran. Los pujantes suelos gritaban mas nada de ellos era escuchado por los frágiles seres. Ellos trabajaban sobre fórmulas erradas, no conocían los ritmos, se tenían miedo.
Como binarias se descolgaban del fatal aislamiento, dejaban en paz a los heridos robles descendiendo por la ruta consabida hacia la cabaña. Esta invadida por un extraño silencio todavía contenía los cadáveres, tal era el vicio por un mundo diferente que ni siquiera se les dio sepultura.
Ingresaron a la cabaña por el umbral iluminado, dispusieron sobre una mesa vasos y una botella de vino, cruzaron algunas frases sueltas y en sus sillas se durmieron.
Cual soldado atemorizado dormían nerviosamente antes del enfrentamiento. Para ellos el estar en el mundo, el sentirse en él era un conflicto, una guerra contra si mismos. Una pesadilla los perturbaba, veían que sus vísceras los abandonaban, que el mundo no tenía sustento, que las avenidas de sus sentidos se cerraban, que los colores, olores y formas no existían, sentían que un duende huía junto con sus almas hacia las tinieblas.
Siempre habían vivido en función del engaño resultante de sus actos. Ahora la noche no era silenciosa, abatida sacudía sus miembros, furiosa, impotente, llena de amor frente a los hombres. Parecía como si un gigante arrojara todas las formas a un pequeño e infinito agujero. Así rodaba la noche fugitiva, superponiendo sus bellos dolores antes de esfumarse a través de los filtros, de los puentes hacia la muerte que eran ellos. Compartían los ritmos atormentados frente a los cambios de lo que perece, por primera vez vivían en el mundo.
Despertaron, estaban dispuestos a escuchar no a las sierras sino a los parajes, pero estos no dejaban de gritar, abrían sus poros liberando a bocanadas energía, giraban los vientos recogiendo a su paso metrópolis dando la impresión de un enjambre zumbante, los elementos perdían sus ligazones, mientras las entrañas de los hombres eran el escenario de la tragedia. La naturaleza no quería que la música acabara.
Nunca los dos hombres ignorantes de la dinámica de sus violines, habían comprendido el hálito que movía a la melodía eterna. Ahora, desde sus torres, despiertos pero débiles vislumbraban que sus espíritus serían un silencio en la eternidad, no tenían nada que decir, habían cortado las cuerdas de sus instrumentos.
Eran grandiosos, sí, eran consecuencia de un pasado abismante y causa de un futuro interminable, pero no habían habitado en la tierra, sino por el contrario habían perecido en un silencio sin alma.
Amanecía, con gran esfuerzo se desprendían de sus diabólicas rémoras, buscaban la flexibilidad del pájaro en el viento, el cabalgar de los ríos en los parajes, perseguían el cóncavo y el convexo en las montañas y depresiones, eran altura, receptáculo y penetración. Felices llenos de dolor sobre un lomo herido se conducían hacia la muerte, ya pronto sus mudables ropajes caerían, eran alimento en los ritmos, en la eternidad del tiempo vivirían para siempre.
Por el derrotero que ya llegaba a su fin, iban en son de la señal, del signo de los tiempos, se alzaron cual banderas y aletearon hacia el océano.
Al borde de aquel entre la hierba, una segunda lumbrera proyectaba destellos, allá arriba el sol tenue era lámpara de noches. Descendieron en la tupida hierba besando con sus pies la lumbrera, tal era el colorido de aquel nido silvestre que se confundía con un astro. Se acercaron, curvaron sus cuerpos y contemplaron al solitario pajarillo, su pecho plateado iluminaba el cielo, el pico se dirigía hacia el océano marcando el horizonte. Vibraban el pájaro y las aguas, se tornaban en imágenes de un cuadro impresionista, todo giraba en torno al pájaro muerto, como un verde follaje abrazaba al mundo.
Algo hermoso había en aquello, las semillas no habían secado junto a su cuerpo, las había ofrendado como señal, como ruta. Una pompa funeraria reía en las alturas, eran los pájaros sabían que había nacido para vivir y muerto para dar vida.
Era curioso, los hombres habían logrado anular un bosque entero no así al pequeño pájaro que los llenaba con su silencio. Era un representante en el fin de los tiempos, el último recurso. Junto a él, ambos descubrían que la soledad no existía, que el estar sólo no era mas que un instrumento para lograr la unidad, la soledad en los hombres era una deformación no veían a su acompañante ¡que sola estaría!, mas ella cual un gigante le gritaba al enano que despertara, pero no lo conseguía.
Los hombres se esfumaban frente al océano, tenues como la neblina recogían la verdad y se retiraban. Como los parajes ahora cantarían para los hombres, pero siendo ya tarde no poseían voz.
Al borde de la nave errante no asomaba visitante alguno, “la luna no existía”. El pájaro y las aguas son anuncio de un destino posible.
Por eso hombre, mira temprano hacia las aguas, ¡mírate!. Temblará tu cuerpo ante tanta maravilla.